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La Masseria |
A mí, personalmente, me fascinan las películas
francesas en las que un grupo de amigos cuarentones (tres o cuatro parejas y a
veces un trío) se reúnen en una casa de campo, de esas que están rodeadas de
olivos, a pasar el calor del verano tomando vino y comiendo bien. Se despiertan tarde, desayunan
despeinados, tienen diálogos densos, almuerzan distraídos y al final del largo
día se zambullen en el mar o en un río luego de una caminata de montaña durante
la cual hablan de la nostalgia, de Carla Bruni, del mayo francés y de la
mayonesa, de la muerte, de sexo y de las bondades del divorcio. En los veranos de las películas
francesas los personajes jamás tienen que hacer una llamada de trabajo, no
tienen ansiedades materiales, no se afeitan (ni ellos ni ellas), siempre hay un puñado de niños (hijos e
hijastros) en el fondo de la escena jugando libres (jamás un tantrum, jamás una
rodilla raspada). En las películas
que me gustan casi nunca llueve, las ostras son infinitas y el vino también. Al final del verano, del largo verano,
lo personajes se despiden con besos y abrazos, se van bronceados y felices, algunos
se montan en un Citroen pequeño y destartalado otros en un Renault algo más
agraciado, se citan para el verano que viene, se encontrarán todos sin falta en
la misma casa, harán los mismos paseos, tendrán las mismas conversaciones. Hace un verano Vanessa, Benjamín y yo hicimos
un modesto intento por emular el cine francés en Italia. Alquilamos por dos semanas una pequeña
casa en Sicilia, no muy lejos de Catania en el barroquísimo Valle de Noto, y
lanzamos una convocatoria. Vinieron tres parejas de amigos (ningún trío esta
vez) a disfrutar con nosotros del Mediterráneo, de la pasta a la Matriciana y de los decadentes croissants
de Nutella que, sin remordimiento alguno, comprábamos todas las mañanas en el
pueblo.
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Bouganvillia Sunset |
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Bambino Benny Gateando |
Luego de un largo vuelo con escala en Bélgica llegamos a Catania, uno de
los tres aeropuertos internacionales que tiene la isla. Sicilia queda al sur, muy al sur, al
sur del sur, lo cual se hace evidente apenas sale uno del avión. El aeropuerto es viejo y está
descuidado, las maletas duran más de una hora en salir, las calles están
bastante sucias (chicles y colillas), los carabinieris apoyados de las paredes
sudorosos y adormilados. La
oficina de alquiler de carro es un pequeño edificio improvisado y caluroso
donde nos espera un joven empleado que dice hablar inglés y que luego de
advertirnos sobre las terribles consecuencias de hacerle un rayón al carro nos
hace inspeccionarlo con lupa. Sicilia, la isla más grande del Mediterráneo (25.000
kms2), ha sido pateada por la bota desde tiempos inmemoriales. Italiana desde hace relativamente poco,
desde 1860, Sicilia ha sido por siglos tierra de nadie y tierra de todos. Griega, Romana, Bizantina, Arabe,
Normanda, Aragonesa, Española y Borbona, la lista todavía incompleta, Sicilia
pasó de mano en mano hasta que finalmente se hizo italiana de veras. Al final de la Segunda Guerra Mundial
hubo todavía un último estertor, un intento fallido a través de un plebiscito
de hacerla parte de los Estados Unidos.
Sicilia, oficialmente región autónoma, siempre ha sido como esos hijos
adultos, barrigones y simpáticos que viven en casa de sus padres, el hijo que trabaja
un rato en las mañanas -si acaso-
y que pasa el resto del día echado sin verguenza en el sofá de
la sala en camiseta blanca (de esas que no tienen mangas) viendo televisión o
escuchando la radio. La isla vive
del buen clima y la tierra fértil, del turismo y la agricultura, de la sed
insaciable de sol de los vecinos del norte de Europa y de los bondadosos
subsidios agrícolas de Bruselas. La primera mitad del siglo XX en Sicilia fue
de emigraciones masivas y deforestación, de pobreza y hambre, de guerra y
crimen organizado, una isla abrumada por la mafia y el sol. En el siglo XXI Sicilia vive una vida apacible y frugal, sin
sobresaltos ni rascacielos, de déficit fiscal crónico y buen clima, de alto
desempleo y largas siestas. “Es España
hace veinte o treinta años” decía nuestro amigo Edu tratando de describirla
mientras salíamos de una anticuadísima panadería en una de las pequeñas
transversales del pueblo de Noto.
La isla esta toda sembrada: aceitunas, limones,
tomates, pistachos, almendras, berenjenas, melocotones, uvas y granadas, hasta donde la vista alcanza son
colinas de árboles en hileras, cielo muy azul y sol. Es el comienzo de septiembre, esa temporada secreta y
perfecta, dos o tres semanas en las que hace todavía buen clima pero ya desaparecieron las multitudes,
el agua del mar tiene la temperatura perfecta, los días son calurosos sin llegar a torturar y las noches
son frescas pero no frías. La casa que alquilamos queda muy cerca
de Avola, la región de la que viene el estupendo Nero D’avola, un vino rojo
oscuro y fortachón. Llevaba algunos meses comprando vino siciliano en Nueva
York, familiarizándome secretamente con los nombres de los viñedos y las
etiquetas de las botellas, ilusionándome con la idea de poder impresionar a
Vanessa con algún comentario sobre los efectos del suelo volcánico en el color,
el cuerpo y el aroma de la primera o segunda botella que compráramos. El día que llegamos la luna nos
recibe en cuarto creciente, nos iremos con la luna llena.
La casa queda en una colina al final de un camino de
tierra que nace en una curva al borde de la carretera 115, la antigua ruta
nacional que hilvana la isla. Al
final de una subida, atravesando un olivar, queda I Lestischi, que así se llama la casa. Es una masseria
pequeña renovada con buen gusto, cuatro cuartos –dos a cada costado- que dan a
una sala y una cocina. En la parte
de atrás, un patio no muy grande con un techo cubierto de bouganvillas. Al final de un pequeño sendero de
piedra hay una piscina gris fría y hermosa, varias sillas de extensión y una
ducha de dioses al aire libre. Benjamín
no tarda en lanzarse a explorar la casa gateando a la velocidad de la luz,
acelera y se detiene de repente para agarrar una flor o una piedra y metérsela
en la boca, nosotros, padres responsables, lo seguimos vigilantes para decirle
con cariño que no. El campo tiene sus encantos y sus
incomodidades (que rara vez muestran en las películas francesas). Vanessa, perfecta esposa pero muy
citadina, no puede disimular su falta de afinidad con las moscas, las abejas, los
mosquitos y las lagartijas. Yo,
que coleccionaba insectos cuando era chiquito, le explico el rol de cada
insecto en la cadena alimenticia y le aseguro que son todos inofensivos. La verdad que Vanessa no deja de tener
algo de razón; las avispas en Sicilia (para mi sorpresa) comen prosciutto de
Parma, las moscas son testarudas y las lagartijas parecen dragones. Al elenco de alimañas se le une un gato
blanco que merodea por nuestra colina.
Lo vemos por primera vez la segunda noche tratando de robarse una
anchoa, la tercera noche -descubrimos en la mañana- se ha dado un festín con
nuestras almendras, la cuarta noche nos toca ahuyentarlo a las tres de la
madrugada (Edu y yo, en
calzoncillos, domando a la fiera que nos ruge arrinconada en uno de los
baños). “Así es el campo” le
repito yo a Vanessa con cariño mientras ella espanta las abejas, prende un
espiral para ahuyentar los mosquitos y se echa crema para las picadas, todo sin
quitarle la vista a las cinco lagartijas que bajan del techo buscando comida.
El viajero que va a Sicilia, le ocurrió al mismo Goethe
cuando la visitó, llega con ganas de verlo todo y no tarda en descubrir la
inmensidad de la isla. La ansiedad
por recorrerla toda comienza a desaparecer cuando se reconocen las distancias,
cuando traducimos la escala del mapa a horas de manejo. El viajero (más aún el viajero marsupial como nosotros que vamos con el pequeño Benjamín) debe
resignarse a una esquina, a un costado de la isla, a un puñado de pueblos, unas
cuantas ruinas, dos o tres playas.
Nuestro radio de acción llega hasta donde es posible volver a la casa a
tiempo para que nuestro bebé pueda tomar sus siestas. Decidimos conformarnos con el sureste de la isla, del triángulo
escaleno que forman Siracusa, Noto y Módica. I Lentischi (nuestra
casa, que podría llamarse I Lagartischi)
queda a 8 kilómetros de Noto, uno de los pueblos “jóvenes” que renacieron luego
del terremoto de finales del siglo XVII. Eran las 9 de la noche un 11 de enero de 1693 cuando
el terremoto más fuerte de la historia de Italia sacudió Sicilia destruyendo
alrededor de 70 pueblos y causando, junto con los tsunamis que le siguieron, la
muerte de más de 60.000 personas.
Cuatro minutos de devastación total, el terremoto arrasó con todo. La Corona de Aragón, Sicilia era
entonces aragonesa, ordenó a Giuseppe Lanza (el Duque de Camastra) coordinar la
reconstrucción de Noto, Caltagirone, Módica, Messina, Ragusa y las demás
ciudades destruidas. Gagliardi, Labisi
y Sinatra, fueron los arquitectos encargados de componer la sinfonía barroca que
hoy vemos. La súbita destrucción y
la reconstrucción simultánea (a lo largo de varias décadas) dió como resultado
el estilo barroco puro y bastante uniforme que hoy caracteriza los centros
históricos de las ciudades más importantes del sureste siciliano. La piedra caliza local, común a todas
las construcciones, tiene un tono rojizo, un ocre dócil, que lo tiñe todo al
final de la tarde con la caída del sol.
Son dos semanas
de ritmo lento, sin apuros.
Nuestra rutina viene dictada por las comidas. Nos despertamos temprano en las mañanas; Edu para salir a
correr y yo para llegar de primero a la panadería a comprar los mejores
croissants de Nutella. Aprendemos
cuáles son los buenos restaurantes y hacemos nuestro calendario de almuerzos y
cenas. En el mismo Noto, en la parte mas alta, El Crocifisso se convierte en un lugar de peregrinaje, alli vamos y volvemos para disfrutar de la berenjena y el desfile de pastas espectaculares. La Trattoria de la Fontana de Ercole, atendida por el viejo Corrado y su hijo Corrado, en el centro muy cerca del teatro, es otro comedero de donde salimos siempre sonrientes.
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Modica |
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Siracusa |
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Noto |
Hay unos cuantos pueblos y
ciudades cerca que queremos conocer. A unos 25 minutos de la casa queda Siracusa que, en su apogeo,
fue junto con Atenas y Esparta, una de las tres ciudades más importantes de la
antigüedad. Con nuestros buenos amigos los Barcelo-Pinós
decidimos explorarla. Almorzamos
en un pequeño restaurant donde comienza la península de Ortiggia (el barrio más viejo y pintoresco de Siracusa) y de allí
salimos de buen ánimo y acalorados tomando turnos para empujar a Lucas y
Benjamín cómodamente sentados en sus coches por las estrechas calles del barrio. Siracusa es la ciudad de Arquímides y
su Eureka, de Damocles y su espada,
pero sobre todo de los mejores quesos y salchichones de la isla. Todas las mañanas, muy temprano y
hasta el mediodía, dos de las calles principales de Ortiggia se convierten en un maravilloso mercado. Escándalo de
frutas, verduras, legumbres, especies y pescado, bullicio de colores. Un coro de gritos en siciliano, cada
vendedor explicando las virtudes de sus langostinos, de sus erizos, de su
caponatta, orgullosos de sus montañas de pistachos. Nos dan a probar pedazos generosos de ricota, tricota (que
ni siquiera sabía que existía) y cuatricota (que seguro existe), te regalan
bocadillos recién hechos de jamón y salami, me dan de ñapa una maravillosa
barra de chocolate de Módica. Y
mucho vino por supuesto, vino y aceite de oliva. Un poco más
lejos, a una hora hacia el norte pasando el Etna, queda Taormina, la niña
bonita de la isla. Taormina, con
vistas espectaculares asomada en un altísimo acantilado, es donde se reúne el
jet set y lo más vulgar del turismo europeo. Entrar a la ciudad con el carro, sobre todo con un carro
alquilado, es un acto de valentía (si no que lo cuenten Ismael y Gaia).
Para llegar hay que subir por una carretera de curvas muy estrechas
abarrotada de tráfico. El centro
de la ciudad es un laberinto de callejones medievales tan estrechos que hay que
doblar los retrovisores del carro y rezar. Luego de muchas peripecias, cuando casi me daba por
vencido, logramos conseguir un estacionamiento. En septiembre, a diferencia de otras partes de la isla,
Taormina todavía está repleta de turistas. Las calles sólo tienen tiendas de souvenirs (pinturas
baratas, libros de postales y camisetas de Marlon Brando –todavía flaco- en Il
Padrino), hordas de turistas rusos
y chinos que van de un extremo a otro del boulevard tomándose fotos y comiendo
granita, mucho mal gusto y poco espacio para caminar. Al final de la calle principal hay un maravilloso anfiteatro
muy bien conservado desde el que se puede ver tierra firme al otro lado del
estrecho de Messina, la punta misma de la bota italiana. En el anfiteatro, en las largas
noches de agosto, celebran el famoso festival de Taormina. Al poco rato, saturados y agotados,
partimos de vuelta a Noto, a nuestro modesto pueblo adormilado donde no hay
rusas platinadas ni autobuses de turistas, donde el mediodía dura cinco horas y
siempre hay puesto para parar el carro.




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Ismael y Gaia en las alturas de Modica |
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Salas style |
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Los Barcelo-Pinos au naturel | |
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Módica, uno de los
pueblos más importantes de la constelación barroca, queda a menos de una hora
de la casa hacia el sur pasando Ispica. La ciudad tiene un barrio alto y un barrio bajo y dos
iglesias espectaculares -San Girgio y San Pedro- muy parecidas pero muy distintas que hay que visitar. Nos recomiendan la Trattoria del
Colonello y allá nos enfilamos Ismael, Gaia y nosotros dos con mucha hambre y sin mapa. Para llegar debemos subir por las
calles empinadas que unen los dos vecindarios de la ciudad. Luego de media hora de ensayo y error y
algo de desesperanza llegamos finalmente al restaurant, un pequeño local al
final de un callejón, en la pared un anuncio con el poblado bigote del
Colonello. Comemos delicioso,
cebolla y sardinas y pasta y el mejor aceite de oliva. Con la barriga llena vamos felices pueblo
abajo tomando fotos y hablando del almuerzo. Es algo tarde para seguir a Ragusa, volvemos a Noto a comer
helado.
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La Mamma y el bambino |
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La magia de Monica |
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La magia de Guillermo |
En Sicilia hay buenos melocotones
pero no muy buenas playas. Nuestra
primera experiencia es en el Lido de Noto, un balneario cerca de la casa donde
la arena está repleta de colillas y las paredes tienen grafitti. Nos metemos en el mar, que no se ve mal,
y al rato Ana sale despavorida (y topless) gritando que la ha picado un
animal. Ya calmada (y vestida)
recogemos los enseres de playa y nos vamos a nuestra piscina a ver el
atardecer. La mejor playa, tal vez
la mejor de la isla, queda no muy lejos en la reserva natural de Vendicari, una
franja verde que se salvó milagrosamente de la voracidad inmobiliaria. Hay que parar el carro en un
estacionamiento de tierra y caminar –los enseres y los niños en la espalda- por
varios kilómetros hasta llegar al mar, Guillermo cargando sillas, Monica cargando a Valentina, nosotros con la Nutella al hombro. Una de las playas es una bahía calmada de agua muy azul y poca arena al
borde de una antigua fábrica de atún.
Durante siglos los locales probaron su masculinidad pescando atunes, los
acorralaban con redes para luego saltar al agua a matarlos a mano, el agua roja
y la gente eufórica con la matanza, los pescadores toreando en el mar,
celebrando la memoria del primer encuentro entre el hombre y el animal. Así todos los años por cientos de años
hasta que un día los atunes, cada vez menos, cada vez más pequeños, dejaron de
venir. Frente a la playa están las ruinas de la fábrica, algunas
paredes blancas y un par de chimeneas tristes mirando al mar. Pareciera que hoy el Mediterráneo, tan antiguo y
profundo, es sólo agua y algo de resplandor.
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Los Salas en Vendicari |
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Valen post-Nutella |
El nuestro, como todos los veranos,
también llega a su fin. Hay una
mañana en la que nos despertamos y nos toca empacar, comemos el último
croissant de Nutella, nos damos el último chapuzón en la piscina, perseguimos a
Benny en su último paseo descalzo por la terraza, nos despedimos de nuestros
queridos amigos y de las inofensivas lagartijas. Se acabaron los paseos por los mercados y las tardes de
Nero D’Avola, las caminatas entre los olivos del patio y las exploraciones
vespertinas de Noto. Vamos los tres
bronceados en nuestro glamoroso Hyundai por la autostrada bordeando la isla camino a Catania, felices de vuelta de nuestro verano francés en Sicilia.