En Madagascar una tarde hace ya tiempo

En Madagascar una tarde hace ya tiempo
no, no soy yo

lunes, 9 de enero de 2012

Con los Barcelo en Barcelona. Que viva la redundancia!!


   "Cual es el titulo del blog?... dime cual es?" me preguntaba Edu con insistencia, nuestro buen amigo Edu, casi desde que aterrizamos en Barcelona.  "No te puedo decir" le respondia yo con algo de pedanteria haciendome el importante.  Por supuesto que ya sabia cual era titulo, se me habia ocurrido el mismo dia que compramos los pasajes para ir a Espana hace varios meses.  No habia ninguna razon para no decirselo, mi silencio no era mas que una estrategia de mercadeo, algo de pose, una maniobra para crear algo de suspenso entre los dos o tres lectores cautivos de mi blog.    "Me imagino que lo habras cambiado con todas las cosas que han pasado" me decia de repente Edu a mitad del viaje para ver si yo, distraido, traicionaba mi voto de secreto.   Yo, inamovible, le respondia sin mayores aspavientos: "no Edu, el titulo que tenia pensado esta perfecto, es el titulo perfecto pase lo que pase en el viaje".   
   La verdad es que Edu tenia algo de razon, el titulo pudo haber cambiado (o debio haber cambiado) a medida que avanzaba nuestro recorrido por Cataluna.  Pudo haber sido:  "Frio y minimalismo en el reino de los repollos", "La genitalia de Cataluna en los bosques de Rupit", "Iron Chef en la Cerdenya o de como el sensei y saltamontes se fueron de alta gastronomia", "Aqui se caso Hester", "Nunca hay masia en demasia", "Dios bendiga el Backgammon" o "Gambas, bla, bla, bla y aeromozas en Granoller".  Todos esos titulos hubieran servido, algunos hubieran sido probablemente mas acertados, pero luego de largas reflexiones durante mi vuelo de regreso decidi mantenerme firme y no cambiarlo: "Con los Barcelo en Barcelona. Que viva la redundancia!!" es el titulo que mejor describe una semana inolvidable con nuestros queridos e insuperables anfitriones. 
   Aun en recuperacion de nuestra aventura andina del ultimo verano (prueba de ello las varias unas de pie aun moradas que muy muy lentamente recuperan su semblante original), el consenso fue tomar con calma el fin de ano, escoger un destino donde hubiera camas y agua caliente, vino y comfort contemporaneo.  El plan acordado era llegar a Barcelona, encontrarnos con los Pinos/Barcelos y de alli salir a explorar un poco la Cataluna profunda, tal vez esquiar un poco, recibir todos juntos el 2012 rodeados de butifarras y buen vino.   Aterrizamos temprano en la manana en Barcelona y esa misma tarde fuimos a Can Turo, una masia o casa de campo que queda apenas a unos 25 minutos de la ciudad, 25 minutos que parecen miles de kilometros por el silencio, el aire puro, el paisaje de campo, el cielo azul y la calma de Clemente y Josefina, la amable pareja filipina que nos atiende en la casa.  Perfecto lugar para deshacernos del jet lag, para engavetar por unos dias el ajetreo neoyorquino, no hay wi-fi ni computadora y el unico reloj es uno de sol en la fachada de la masia que Edu nos advierte no le hagamos caso porque dicen va retrasado.  La casa no tiene numero, la calle no tiene nombre.
 

 No se fien de la hora

   
   La construccion es de piedra y buen gusto.  Tiene un patio con un pozo que aun funciona, una cava con algunos vinos de la epoca de Primo de Rivera, muchos arboles (la mayoria hibernando) y al costado, una pequena capilla donde cuentan se caso el dentista de la familia.  En Can Turo se crio Edu, es entretenido escuchar las historias de primos y hermanos y amigos correteando por la casa, ver fotos de antano de cuando Barcelona era mas pueblo y a Gaudi todavia no se le habia ocurrido comenzar la Sagrada Familia. Estamos todos contentos, aun mas contentos  cuando nos dan la noticia de que Ana y Edu van a tener un bebe a finales de junio.
   Hace unos meses en Peru Edu me reto a jugar backgammon y, sorprendentemente, perdio.   Edu, cuentan sus hermanos, le gano cuando era nino al campeon de Francia.  A partir de alli nacio el mito de su invencibilidad, de su destreza inigualable con los dados, de sus dones de backgamonero.  Habiamos apostado, tal vez para asegurar que nos veriamos pronto, un almuerzo completo en un buen restaurante espanol.  El mito se hizo anicos. Edu, que honra su palabra, nos invito el miercoles a comer al Hispania, un maravilloso restaurante que, atendido por dos infatigables hermanas, cumple 60 anos de fundado.  Una ellas, bien vestida con un broche en el pecho que le regalo "el general laureado mas joven de Espana", nos recito la carta.  Al rato estabamos rodeados de pulpitos, calamares, pez de San Pedro, croquetas y las alcachofas de estacion.  Todo acompanado del vino blanco de rigor.  Se trata en realidad de un muy largo y maravilloso almuerzo que comenzo hace meses y amenaza con nunca terminar; el del Hispania no fue sino la continuacion de aquel otro maravilloso almuerzo con Ana y Edu en Palafrugell, en la Costa Brava tambien cerca del mar en abril; era la misma sobremesa del ultimo almuerzo en Lima en El Mercado; la antesala sin duda de una cadena infinita de comidas aqui, alla, y aculla.   

Rupit al mediodia
   Al dia siguiente mas descanso y en la noche un paseo por el pueblo de Granoller a cenar con Jordi y Cristina, los encantadores hermanos de Edu, en el unico restaurante de Espana donde todavia se puede fumar.  Al dia siguiente saliamos temprano para el norte con Marcos y Mali, dos  queridos amigos de Miami (ya catalanes para todos los efectos practicos), camino a los Pirineos.  Todo en Cataluna es cerca; poco mas de una hora, algunas curvas y llegamos a Rupit, un pueblo de 400 habitantes abrazado a la montana que fue fundado casi sin querer por alla por el ano 1000.  Otros pueblos crecieron, Rupit no. De alli que haya mantenido la atmosfera medieval y el encanto de otras epocas.  La historia del pueblo y la zona la escuchamos de Gerard, un simpatico guia que nos llevo en su 4x4 a recorrer algo de montana.  Nos hablo de la iglesia, del secreto para curar las paperas y de los carboneros que vivian escondidos en el bosque,  nos mostro los rastros que dejan en la tierra los hambrientos jabalies y nos conto del Silurus, un pez inmenso y aun mas goloso que los jabalies que llego de Asia para quedarse.  De todas las historias la que capturo mas nuestra imaginacion, al menos la de Edu, Marcos y la mia, fue la de la curiosa formacion rocosa que los locales llaman carinosamente el "pezon" de Cataluna. 


El pezon de Cataluna, erguido como siempre en el invierno
          La proxima parada en nuestro viaje fue el pueblo de Olot.   Teniamos reservaciones en un pequeno hotel/restaurant llamado Les Cols (Los Repollos), un lugar con mucha personalidad y dos estrellas Michelin www.lescols.com/.  El hotel, inspirado en el tema volcanico de la region, es de estilo minimalista. El lobby es de paredes negras y suelo de piedras del mismo color, los corredores son cilindros verdes de distintos tamanos -verde metalico-, las habitaciones  (o "pabellones" como los llaman ellos) son cubos transparentes sin muebles (solo un colchon),  en el bano un jacuzzi, una ducha caliente y un lavamanos que se prende por telepatia.  En el cuarto muy poca luz; apenas una pequena lampara (una luciernaga) y miles de estrellas que se asoman fisgonas a traves del techo de vidrio.  El suelo es frio, la sensacion es de aislamiento y reposo, una experiencia de budismo post-industrial.  

Lobby de Les Cols
Restaurante Les Cols

 La ultima parada de nuestro viaje fue en la Cerdanya al norte en el rincon donde se entrecruzan Espana, Francia y el Principado de Andorra.  Se ven las montanas a lo lejos, las mismas que cruzaron caminando a escondidas mi mama y mis abuelos en 1941 escapandose de los Nazis.  Hoy, que las fronteras son invisibles, cuesta imaginarlos asustados caminando de noche  con mi mama bebe entrando ilegales a Espana (donde metieron preso a mi abuelo).  
    Nos quedamos todos en una casa en una de las laderas de un valle muy grande.  Desde la terraza todas las nubes y mucho cielo; azul intenso, a veces naranja al caer la tarde.  Fueron dias de paseo y descanso, de ocio y largas conversaciones, de historias y cuentos, de risas y boberias.  En Bolvir, donde queda la casa, nos encontramos con Mia y Popi, los hermanos de Ana, simpaticos y  siempre de buen humor (ya totalmente curados del malestar que dias antes los hizo sentir "malal").   

     Edu, Marcos y yo nos fuimos a esquiar en el Principado la manana del 31.  Nos lanzamos pista abajo, ellos con glamour y yo con mi estilo tropical, disfrutando del frio y de la nieve. Al final de nuestra sesion de esqui una pizza en el restaurante menos pintoresco de la poca pintoresca Andorra.   Esa tarde cocinamos todos bajo la coreografia de Marcos: Edu, al son del whisky, cuidando las brasas; yo abriendo (con maestria) las botellas de vino (puro vino catalan del mejor); Ana y Vanessa picando y cortando cual samurais; Mali asistiendo a Marcos orgullosa de su  inolvidable flan.  Sensei y Saltamontes atendiendo con mucho cuidado las cebollas al fuego.  Turron, butifarras, queso manchego, dulce de membrillo, sopa (la fabulosa CreMIA) y buen ratatouille.  Comimos estupendo  mientras leiamos (en catalan) la descripcion de cada uno de los vinos que degustabamos.  Con las campanadas uvas, mascaras, trompetas, confetis y sombreros, labios postizos y muchos besos.  Victor y Rosalia, los amigos de los Pinos, celebrando con nosotros. Vanessa espectacularmente bella. Esa noche bingo y password con una lluvia de premios que compraron los Pinos, algunas resoluciones secretas, abrazos, emocionados todos con el nuevo bebe Barcelo (Rupito le decian algunos, Paco, Claudio.....se escuchan sugerencias)








     
     No podia comenzar mejor el 2012.   El mismisimo 1 de enero volvi a vengar al campeon frances.   La  nueva temporada de backgammon promete ser aun mejor que las anteriores.  Edu ya hace las reservaciones para invitarnos al restaurante de un amigo suyo en Manhattan.  Nosotros felices de volverlos a ver pronto.   Romera parece que se llama el lugar: http://www.romeranewyork.com/  .  Como se llamara el blog de ese nuevo viaje? Se pregunta Edu.  Ya tengo el titulo,  se me ocurrio ayer y es perfecto.  Lamentablemente todavia no te lo puedo decir.  

La unica foto en la que aparezco!

 

domingo, 20 de noviembre de 2011

Feliz en Trieste



Bled en Eslovenia
Siempre me ha fascinado la idea de las ciudades gemelas.  Todas la municipalidades del mundo tienen la curiosa costumbre, poco conocida además, de inventarse parentescos con municipalidades de otros países.  Los Concejos municipales se reunen y decretan hermandades con ciudades lejanas, construyen genealogias complicadas que se extienden por todos los continentes, se inventan familias a la manera de los niños huerfanos.  A veces el gesto tiene claras connotaciones politicas, (Caracas, por ejemplo, es ciudad hermana de Teherán y Minsk) pero la mayoría de las veces, al menos a primera vista, no hay coincidencias claras ni sintonía alguna, se trata de un afecto arbitrario: Hollywood (donde vive mi hermano en el sur de la Florida) es, por ejemplo, ciudad gemela de Lechería en Venezuela y Cochabamba en Bolivia es hermana de Miami. 
Algunos, al menos yo, tenemos tambien, igual que las municipalidades, una lista de ciudades con las que nos une un extraño parentesco.  El proceso de selección es probablemente igual de arbitrario pero más sentimental, más personal.  No me refiero a mi parentesco con mi ciudad natal, la ciudad donde crecí o estudie, o aquella donde se criaron mis abuelos, hablo de conexiones menos evidentes, más azarosas, más difíciles de explicar.   Estamos emparentados, al menos yo, con ciudades a las que nunca he ido pero que siempre he querido visitar.   La atracción por estas ciudades nace   de manera espontánea e inesperada,  comienza con alguna anecdota que escuchamos, con algún comentario casual de un amigo o un profesor querido, con una foto o una postal, una película, un artículo de periódico, a veces basta con un párrafo de algún buen escritor.   Para mi sorpresa he descubierto que estas pequeñas seducciones no desaparecen por sí solas.  Muy por el contrario, tienden a crecer llegando a coquetear con la obsesión.    Esta liga de ciudades, unas ocho o nueve en mi caso, comienzan a ocupar, merecida o inmerecidamente, un lugar en nuestro imaginario, las romantizamos, hablamos de ellas como si las hubieramos recorrido, conocemos sus calles, las sentimos familiares, crecen inmensas en nuestro atlas hasta que un día, finalmente,  las visitamos.   Asi fué con Trieste. 
Trieste atravesada por el sol
La plaza principal de Trieste y al fondo, al fondo cuatro o cinco azules.

      La primera vez que me tropece con Trieste fue en una colección de tres tomos sobre la segunda guerra mundial que leía una y otra vez cuando tenía 9 o 10 años en la muy pequeña biblioteca de nuestro apartamento en Caracas en lo alto de la Alta Florida. Era en el tercer tomo donde había una foto de un convoy de soldados americanos detenidos en la intersección de una carretera en algún lugar de Europa. Al costado había un letrero grande y maltrecho que apuntaba a la derecha y decía Trieste.  No sabía yo, probablemente tampoco ellos, qué tan lejos estaba la ciudad ni en que país quedaba, si estaba en manos de los aliados o de los alemanes,  lo que si me quedaba claro era que la columna entera de soldados tenía apuro por llegar allí,  algo importante ocurría en Trieste.
       Mi segundo tropezón fue de la mano de Rafael Castillo Zapata, profesor y querido amigo, que una tarde me mostró un pequeño libro color lila editado por el Fondo de Cultura Económica que se llamaba Los Misterios de Trieste, una recopilación de artículos sobre la ciudad: “Léelo Dani, te va a gustar”. Leyéndolo y releyéndolo descubrí el significado del adjetivo triestino y entendí mejor el apuro y empecinamiento de aquellos soldados por llegar a Trieste.  En aquel librito, que aun tengo y que releí hace unas semanas, aprendí sobre el agotador vaivén de la ciudad, a ratos austro-húngara, a ratos italiana, yugoslava e independiente,  precariamente colocada en una de las fallas tectónicas de Europa, en la frontera de las fronteras.  Como ocurre a menudo con las ciudades donde las culturas se encuentran, son a la vez fuente inagotable de creatividad y muro de contención de los mas atávicos nacionalismos, pluralidad y tolerancia y al mismo tiempo escenario de injusticias y de los mas bochornosos prejuicios.   En Trieste vivieron y escribieron James Joyce y Rainer Maria Rilke, por allí paso Freud (en una práctica académica diseccionando cientos de anguilas para comprobar su sexo),  la recorrio Kosovel (el prolífico poeta esloveno, siempre joven, muerto de meningitis a los 22 años), allí nacieron y crecieron Italo Svevo y Umberto Saba, cómodos e incómodos con sus pseudónimos, buenos escritores.
       Mi tercer tropezón fue de hecho con Saba cuando me pidieron, allá en mis tempranos años universitarios, que moderara un panel pequeño e informal con un par de escritores venezolanos a propósito de la edición en español de “Cancionero”, su obra mas importante.  Recuerdo que leí y releí el poemario, volví a recorrer las colinas de la ciudad que nunca habia visitado, no paraba de imaginarme a Saba sentado en Antiquaria, su librería que aun hoy existe en la via San Nicolo.   De vez en cuando, sobre todo cuando veía el mapa de Europa, mi mirada se desviaba hacia Trieste, una pequeña ciudad ya casi en la rodilla allí donde termina la cremallera de la bota italiana.      


Este año se me ocurrió correr el maratón de Ljubjlana y me dije que había llegado el momento de pasear por Trieste.  Volamos a Eslovenia, alquilamos un carro y manejamos rumbo a Bled, una pequeña ciudad (como todas en Eslovenia) a la orilla de un lago de fantasía.  Era otoño, los árboles apenas comenzaban a cambiar de color, había sol y algo de frío.  Nos hospedamos en Villa Bled, una casona inmensa y cuadrada de arquitectura comunista muy cerca del lago.  Nos tocó una habitacion gigante, “era la suite donde dormía Tito” nos dice el empleado de la recepción con una sonrisa mientras nos da la llave.  Tres habitaciones en una, un escritorio, sofas y sillas, cuatro camas y al fondo un baño inmenso y muy blanco.  Cuántos micrófonos viejos quedarán todavía escondidos, olvidados, en las paredes de la habitación, qué conversaciones habrán escuchado estos muebles, qué habrán sentido cuando se entraron que se desgajaba la compacta Yugoslavia.  Bajamos decididos a desafiar el jet lag, tomamos unas bicicletas y nos fuimos a darle al menos una vuelta al lago.  El paisaje es de cuento de hadas, una iglesia en una pequeña isla que se refleja en el agua transparente, un castillo colgado de las rocas rodeado de árboles y banderas, cisnes blancos nadando despacio, en cualquier esquina una doncella en apuros, un príncipe encantado y un travieso dragón.  Nos sentamos al borde del agua a comer dos milhojas (mil setecientas cincuenta yo, doscientos cincuenta Vanessa) y a contemplar el paisaje.  Habia pocos turistas, apenas unas señoras mayores alemanas con zapatos marrones y pelo perfectamente laqueado.
La pequena habitacion de Tito

Los murales en el hotel
Pronto Gefilte Fish


Parecia una propaganda de laca de pelo Alberto VO5
     Al día siguiente una excursión por un cañón en la montaña y de allí a visitar una cueva que se esconde profunda entre la piedra caliza en la región del Carso en la frontera con Italia.    Se siente que estamos más cerca del mediterráneo, hay sol, algo más de calor, la piedra es blanca, todo es un poco más resplandeciente.



 
A Trieste se le llega desde arriba, a unos diez minutos de la frontera comienza una bajada verde y al fondo se ve la ciudad recostada sobre la ladera frente al mar.  Es pequeña, unos doscientos mil habitantes tal vez, y calmada. Se siente como si todavia estuviera algo aturdida, recuperándose del agotamiento de finales del siglo XIX y comienzos del XX, como si necesitara descansar del jaloneo de tantos años, todavía de reposo tratando de descifrar el amasijo de identidades (Trieste italiana, Trieste judía, Trieste levantina, Trieste eslovena, Trieste austro-húngara).  Nuestro hotel, el Savoia, es la grande dame de la ciudad, un antiguo edificio de piedra impecable de cara al mar.  Esa noche, luego de un paseo corto por la piazza, cenamos en Afugatto, un rincón perfecto de buen vino y mejor aceite de oliva, de sepias perfectamente cocinadas y pastas exquisitas.  Italia es Italia.  Trieste tiene buen café, su alcalde por varios años fue el mismísimo Illy asi que no es difícil encontrar dónde comer postre y tomar un buen cappuccino.  Trieste es famoso también por el Bora, un viento huracanado que a partir de octubre baja de los Alpes Julianos barriendo la ciudad.  A la mañana siguiente al despertarnos nos asomamos por la ventana y vimos el mar despeinado, los barcos bamboleándose, lluvia de esa que cae horizontal, era el legendario Bora. Nos armamos de valor y salimos a pasear, a los tres minutos nuestros paraguas quedaron patiquebrados en la acera, nosotros (cual Dorothy y Toto) caminando contra-tormenta camino al célebre restaurante da Pepi, a unas cuadras del hotel, a probar pernil y cortes afines y una cerveza.  De allí a almorzar  de nuevo en un pequeño restaurant donde entro Halam Ditek Kaosob, un amable senegales, a vendernos pulseras.  “Esa es contra las pesadillas y el reumatismo” nos dice serio cuando le señalamos una que nos llamo la atención.  La compramos.   Esa tarde paseamos empapados por la ciudad, compré algo de ropa para verme apuesto como el más apuesto de los italianos, compramos vino de la zona y volvimos a cenar bien.   No podia parar de imaginarme todas las historias de Trieste y sus protagonistas, Saba armado sólo de un paraguas luchando contra el Bora de la casa a la librería.



El Bora, huracan mediterraneo



Castillo del Duino
A la mañana siguiente salimos rumbo a Kobarid en Eslovenia, en el camino nos paramos en el Castillo del Duino donde Rilke se inspiró para escribir sus celebres Elegías.  Un castillo, algo venido a menos, en una ubicación espectacular sobre un acantilado al borde del mar.  Todavía propiedad de la familia Tour y Taxi, de largo abolengo, los cuartos estan repletos de memorabilia.  Fotos amarillentas de la mas rancia monarquía europea,  cuadros de árboles genealogicos que se remontan al medioevo (algunos ya talados, otros débiles, huecos o quejumbrosos), medallas, antiguedades empolvadas y varias fotos de Rainer Maria pensativo, inspirado.  Es casi imposible decir cuando salimos de Italia y entramos en Eslovenia, la frontera –qué se lo iban a imaginar esos pobres soldados del libro- es hoy indistinguible.  La carretera a Kobarid es hermosísima, gran parte del camino bordeamos el rio Soca de azul turquesa imposible.  Al llegar al pequeño pueblo de Livek subimos montaña arriba, muy arriba, hasta llegar a nuestro bien llamado hotel Nebesa (que quiere decir “cielo” y “paraíso” en esloveno).  Nebesa es difícil de describir, son cuatro casas de madera de inmejorable gusto asomadas a los Alpes, arropadas por las montañas nevadas con el rio azul a la distancia.   Cada casa tiene una terraza,  al frente rebaños de venados rojos y toda la pradera del mundo, verde y hasta donde la vista alcanza.  Los dueños, Katjia y Bojan, son una pareja encantadora que encontró paz en las montañas y se rehusaron a guardar el secreto.  Construyeron el hotel y reciben visitas junto a sus dos perros negros.  Cada cabaña esta construida al estilo de las construcciones de los campesinos de la zona, en el segundo piso, en la buhardilla, está la cama.  Abajo una sala amplia donde tomar vino acompañados de las montañas.  Al margen del rio Soca se libró una de las más cruentas batallas de la Primera Guerra Mundial, por varios años estuvieron los italianos y los austro-húngaros atrincherados viéndose a los ojos, avanzando y retrocediendo unos pocos metros, sufriendo el invierno, embarrados, hambrientos, mutilados, incapaces de recordar con con el paso de los años por qué había comenzado la guerra. De un lado Hemingway, el joven Hemingway, de voluntario con los italianos; del otro Erwin Rommel, el zorro que aún no conocia el desierto, apenas teniente con el ejército aleman.  En el pueblo de Kobarid abajo en el valle hay un pequeño museo con la historia de la larga batalla,  arriba se pueden visitar las viejas trincheras.
Rilke envitrinado

"Quien, si yo gritase, me oiria desde los coros de los angeles? Y aun suponiendo que alguno de ellos me acogiera de pronto en su corazon; yo desapareceria ante su existencia mas poderosa"


Hotel Nebesa

Desde nuestra cabana







     Paseamos, manejamos por los estrechos caminos de montaña, el cielo azul, el aire fresco, decenas de cipreses al borde de la carretera, yo repitiéndome a mi mismo y a Vanessa que tenemos que volver a Nebesa.  No sé si sera por el silencio y el paisaje o por la pulsera que le compramos al bueno de Halam, lo cierto es que esa noche dormimos maravilloso, largo, felices.

Ljubjlana de tarde




La costumbre cuando se casan es amarrar el candado y lanzar la llave al rio