En Madagascar una tarde hace ya tiempo

En Madagascar una tarde hace ya tiempo
no, no soy yo

viernes, 3 de enero de 2014

La casa de Pandora, cuatro vinetas de una semana en Bahamas

La casa de Pandora;  cuatro viñetas de una semana en las Bahamas

Vamos a celebrar el cumple de Mami!!
      Sobre la cima de Hibiscus Hill, una pequeña colina de nombre elegante que se asoma al mar Caribe, allí donde Clarence Street se convierte en un estrecho camino de tierra, casi al final de la trocha a mano izquierda, sobre un patio de grama china –de esa grama bonita que pica-, escondida en la vegetación,  rodeada de palmeras inmensas; hay una casa blanca de madera plantation style, una casa muy blanca, una casa encantada y encantadora donde cualquier cosa puede ocurrir.   La casa tiene dos pisos, cada uno con su terraza; unas escaleras anchas en la entrada principal que encandilan en la mañana y que terminan muy cerca de una hamaca que cuelga ociosa y amable entre dos cocoteros,  un comedor con mapas y cartas náuticas en las paredes, cuatro habitaciones con camas de esas que están encerradas entre cortinas; suelo de madera oscura, listones arrugados; en el segundo piso una sala con varios sofás (blancos también) y una mesa repleta de libros; las paredes empapeladas de fotos, algunas en blanco y negro, otras descoloridas, fotos de perros sonrientes, de niños en la playa, escenas de polo, estampas de Lord Mountbatten joven posando con sus amigos en la India (Churchill en cuclillas abajo a la izquierda) viviendo el último cuarto de hora del agotado Imperio Británico. 
 Al llegar a la casa nos recibe, atareada, barriendo juiciosa la arena y haciendo las camas, descalza, ajetreada y sonriente, la amable Pandora, la empleada de los dueños de la casa que alquilamos.  “Pandora los acompañará todas los días excepto el domingo”, nos dice Claire, la voluminosa ama de llaves “pueden pedirle lo que necesiten” nos dice con acento inglés.   Hemos llegado, estamos de nuevo en Harbour Island en las Bahamas, esta vez para celebrar con risas, botuto, champaña y sol, el cumpleaños de Vanessa.  Estamos aquí en la casa de Pandora.  
    Benjamín y yo llevamos meses planeando el cumpleaños de mami.  No nos tomó mucho tiempo decidir que nada mejor que una semana de playa – de buena playa-, siete días de jugar en la arena y bañarnos en el mar, de perfeccionarnos en las artes del hamaqueo, de brisa tropical, de celebrar, con las cholas puestas y una copa de vino en la mano, que Vanessa es Vanessa.  Desempolvé un viejo artículo de revista que alguna vez recorté con la foto de una casa blanca que alquilaban en Harbour Island.  Le escribí un correo al dueño y a los dos días ya teníamos reservada toda la semana del 3 de diciembre.  Benjamín y yo corrimos emocionados a contarle a Vanessa (Benny gateando), sólo faltaba convocar a los invitados. 

La casa de Pandora

 
Pandora
 
Luis Perez-Mountbatten
Nuestros carritos sobre la grama china
1.     A esta isla no llegará jamás la plaga
Resulta que en el Caribe no se han borrado aún algunos de los traumas de la llegada de los europeos hace quinientos años.  En la psique profunda de las islas sigue marcado el desembarco de aquellos barbudos con armas de fuego,  caballos y perros, sigue en la memoria la llegada inesperada de aquellos visitantes y con ellos la varicela, la viruela, la sífilis y la gonorrea, las epidemias que acabaron –a fuerza de estornudos y fornicación- con cuánto taíno se tropezaron.  Esa es la única explicación que se me ocurre para la regulación de las Bahamas que exige la vacuna de la fiebre amarilla para todos aquellos turistas que vengan de zonas afectadas (léase cualquier país al sur del Ecuador).  Nosotros, que vivimos en la asepsia del norte, jamás habíamos escuchado de tal requisito.  No habíamos escuchado del requisito hasta que el viernes en la noche recibimos una llamada de Natacha (algo alterada) desde Buenos Aires: “Tengo un temita. Estoy en el aeropuerto lista para salir a Miami y me dicen que sin la vacuna de la fiebre amarilla no voy a poder hacer la conexión a las Bahamas”.  “Quéeeeee?” le pregunta Vanessa perpleja, “sí, a los argentinos nos exigen la vacuna para ir a las Bahamas”.  Nosotros, convencidos de que se trataba de una confusión, le decimos que no se preocupe: “seguro en Miami te dicen que no importa.  Si te la vuelven a pedir le dices que estás embarazada y ya”.  A dormir.  
    El Sábado temprano nos despierta un whatssup de Natacha que nos dice aterrada “no me quieren dejar montar en el avión sin la vacuna de la fiebre amarilla”.   “Quéeeeee?” le responde Vanessa.  “Así es, voy a tener que quedarme en Miami”.  Nuestros cerebros recién despiertos se ponen en sobremarcha buscando una manera de hacer que Natacha, la buena amiga de Vanessa que vino desde Argentina sólo para el cumpleaños, pueda acompañarnos.  “No te preocupes” le decimos cuando todo parecía perdido, “nosotros tenemos un certificado para tí”.  Resulta, que en la bolsa mágica del gato Félix que es mi cartera de viaje tenía yo un viejo certificado de fiebre amarilla (ya amarillento) que tuve que sacarme hace años para uno de mis viajes a Africa.  El certificado no tenía nombre pero sí todos los sellos de rigor.  Así, de repente, Natacha pasó de ser un peligroso vector de contaminación a tener no sólo la vacuna contra la mortal fiebre amarilla sino también las vacunas contra el cólera, la difteria, el tétano y el resto del elenco de enfermedades del sub-sahara africano. 
    Llegamos al aeropuerto, le entregamos el certificado a Natacha y cruzamos los dedos, un montón de dedos porque con Vanessa, Benjamín y yo estaban Nancy – la nana de Benny-, Luis y Samuel, dos de los amigos que habíamos reclutado para las fiestas.   La espera fue tensa.   Luego de unos minutos interminables nos llega un whatssup de Natacha, de la innoculada Natacha, diciéndonos que ya tiene el pase de abordar.  Estamos felices, todos a la puerta de embarque, prepárense en la isla que en apenas 40 minutos –es muy corto el vuelo de Miami a North Eleuthera – llegará una nueva epidemia a las Bahamas.
 
Natacha y Roxana (felices)



2.     On the dominions of the British Empire the sun never sets
Haciendo un poco de investigación descubrí que la casa que alquilamos era de una tal India Hicks, una de las nietas de Lord Mountbatten, el último Virrey de la India, el señor bien vestido cubierto de condecoraciones que tantas veces ví fotografiado en las revistas Hola que me prestaba mi niñera cuando era pequeño.  Lord Mountbatten, el mismísimo Louis Francis Albert Victor Nicholas, primer Conde de Burma, el primo segundo de Elizabeth II,  bisnieto de la reina Victoria, el flamante almirante de la armada inglesa, el que el Ejército Republicano Irlandés asesinó una mañana en 1979 cuando paseaba plácidamente con su nieto en su bote de pesca.   Su nieta, que se llama India por la India, se saturó en algún momento de las necedades de la corte y se escapó hace ya casi veinte años a las Bahamas.  Ahijada del Príncipe Carlos y dama de honor del cortejo de Lady Diana, prefirió el sol del trópico a la llovizna fastidiosa de Londres y decidió vivir (en pecado, sin casarse - para horror de la casa real-) con un tal David Flint, una suerte de James Bond caribeño que había decidido exilarse en Harbour Island unos años antes que ella.  Se mudaron a la isla, tuvieron cuatro hijos y adoptaron otro, y no volvieron a ponerse zapatos.  Tienen cuatro casas, tres perros y una pequeña tienda, Sugar Spice, que queda muy cerca del puerto de Harbour Island. India y David decoran casas de playa, restaurantes de playa, tienen una línea de cosméticos, modelan, están inmersos en Island Living que es difícil de definir pero que comienza y termina todos los días con una larga caminata por la playa de arena rosada (3 millas de arena fina) que queda frente a nuestra casa.  
Lord Mountbatten
Su nieta a la izquierda

  La Casa de Pandora queda a cincuenta metros de la de India.   Sabemos todos del abolengo de nuestra vecina, hemos escudriñado todas las fotos que empapelan la sala de la casa, hemos leído todos los artículos que encontramos en internet, la hemos visto a ella de 13 años en el balcón con Diana y Carlos saludando distraída, sentimos el aura de la nobleza, somos paparazzis en potencia, reporteros de Interviú.  La vemos pasar un par de veces con sus perros, nos saluda “Hi, how are you guys” y se pierde en la playa.  “La viste?” le pregunto a Luis, “Cómo se ve?”, “es simpática?”, muchas preguntas y pocas respuestas hasta que de repente el martes, poco después del mediodía, una sirviente le entrega a Vanessa una tarjeta blanca emblasonada con el nombre de India que lee:  “You are invited to have Birthday drinks at 6.45 pm”.    La noticia corre como pólvora.  Yo, que estoy abajo en la playa asoleándome, me entero inmediatamente: “Estamos invitados esta noche a casa de India” me dice Luis, “tengo que contarle a mi mamá”.  Vamos a vivir Island Living, vamos a ser parte del cortejo de Lady Di, ahora sí que tengo tema para escribir en el blog.  
Island Living (India hoy)
      Esa tarde la pasamos en la playa descansando.  Yo voy al pueblo en nuestro carrito de golf a buscar ensalada de botuto (un caracol grande y rosado) en un pequeño chiringuito que se llama Conch Queen.  Conch Queen es de Richard, un nieto de cubanos que con sus hijas y esposas (“I have four or five children” nos dice) prepara ensaladas y conch fritters celestiales. Vamos todos los días a visitarlo.
Samuel en su Island Living

Queen Conch - Reina del Botuto


    La tarde transcurre apacible entre hamacas y juegos de raquetas de playa, cae el sol, es hora de subir a la casa.  Nos preparamos todos, anteayer llegó Roxana y hoy Patricio, nos acicalamos, nos vestimos con nuestras mejores prendas, “Vanessa apúrate, debemos llegar puntuales porque ellos son ingleses” le digo yo algo estresado.  A las 6.53 estamos todos parados en la puerta de la casa de India, la puerta de atrás, la de servicio.  Nos recibe David, su esposo que acaba de llegar de Europa, con una camisa de manga larga y descalzo (David tiene un hongo rebelde en el dedo gordo de su pie derecho).   Entramos todos en fila india a casa de India a través de la cocina hacia la sala principal.  David nos ofrece un trago.  Por un momento amaga con abrir una botella de buen vino de Bordeaux pero termina abriendo una botella cualquiera.  Luis y yo, atentos a la maniobra de nuestro anfitrión, optamos mejor por un Gin Tonic que es además una bebida más a propos, más en sintonía con la colonia inglesa
  Pasamos a la sala donde nos esperan unos amigos de ellos sentados.  Nos acomodamos todos a duras penas en unas pocas sillas (somos 7) y comenzamos a hablar tonterías.  De cerca la nobleza es menos glamorosa de lo que uno se imagina.  No es sólo el hongo de la uña de David, sino también la exceso de plasticidad y cirugías plásticas de India, la arrogancia soterrada, los comentarios banales, el perro salchicha que se hace pupú en la sala mientras conversamos, es esa botella de vino de Bordeaux que está sin abrir en la cocina.   Nosotros tenemos una reservación para cenar en Aquapazza para las 8 y tenemos que irnos.  Hacemos un brindis apurado por Vanessa, en mi vaso sólo queda hielo, y nos despedimos.  Nuestra vida de aristócratas duró apenas unos 30 minutos, creo que todos nos sentimos aliviados.  “God Save the Queen”, the Queen Conch, para que quede claro, adonde sin falta volveremos mañana al mediodía. 


Sendero a la playa


3.     Cuidado con el Coco
En Harbour Island sólo viven unas 1600 personas y hay muy pocos carros, las calles no tienen tráfico, no hay edificios, hay treinta licorerías, un sólo banco y un montón de iglesias.  La gente va y viene con calma; igual que Benny, aquí todo el mundo toma dos siestas.  Al llegar a la isla uno cambia de ritmo, apenas aterriza el avión uno desacelera como si nos hubiéramos tropezado con un policía acostado.  Es parte de Island Living, supongo, esa sensación de calma y tranquilidad tropical.  Para uno, que vivió en Venezuela, es especialmente agradable la sentir que no hay peligro, que podemos olvidarnos del Coco de la inseguridad. “Que agradable sentirse así”, repetía yo con insistencia como para asegurarme de que todos sintiéramos la misma paz interior, “qué diferencia con Naiguatá” haciendo una comparación bastante boba.  Aquí en Harbour Island uno puede dejar las cosas en la playa, las sillas, el libro, los lentes; tanto de día como de de noche basta con quitarle la llave al carrito de golf, no hay que ponerle trancapedal, trabegas, alarma o amarrarlo con una cadena a una palmera; poco a poco van desáctivandose los mecanismos de defensa instintivos que tiene todo caraqueño, a las pocas horas ya uno no se voltea para ver si te están siguiendo, el estado de alerta va desapareciendo, atrás quedaron Carmen de Uria y Playa el Agua.  Así transcurrieron las primeras 36 horas de nuestras vacaciones.  La segunda noche decidimos cocinar unos meros frescos que compramos en el muelle, mero con hinojo que encontramos en la nevera del pequeño supermercado de Captain Bob que queda en la parte alta del pueblo (y que dice tener hasta 22 variedades de quesos).  Luis tomó control de la cocina y Samuel de la decoración.  Al rato, a eso de las 8.30, estábamos todos sentados en porche de la casa con una par de botellas de buen vino felicitando a Luis por sus dones culinarios (y a Samuel por lo acertado de los centros de mesa).  En la casa, a pocos metros de nosotros en el mismo piso, dormían Nancy y Benny.   La sobremesa animada, nosotros entretenidos escuchando las historias de cuando Natacha y Roxanna trabajaron en Playboy channel: las andanzas de Nino Dolce, el chef que cocinaba desnudo; el paseo por Xochimilco el Día de Muuuuuuuueeeeeeertos, las cuitas y apetitos de las concursantes, pero sobre todo la paciencia y malabarismos de sus dos chaperonas.  De repente, en medio de la tertulia, se escucha un ruido fuerte y cerca.  Los venezolanos, que eramos los más, nos miramos extrañados tratando de domesticar nuestro hipotálamo, queriendo proteger el paraíso, recórdandonos que no estábamos en Higuerote ni en Carenero, que un ruido a veces es sólo un ruido.  “Eso fue un coco” dijo Luis con autoridad y todos asentimos aliviados: “típico ruido de coco al caer” dijimos al unísono como si nos hubiéramos criado todos en Choroní.   La sobremesa siguió, Natacha –que hizo el salto profesional de Playboy a Nickelodeon- nos contó de sus experiencias con Dora la Exploradora y Bob Esponja.  Se hizo tarde, todos a dormir.
Los meros de esa noche antes del hinojo


A la manaña siguiente nos dice Natacha algo apenada: “tengo un temita”.  Yo me asusto pensando que se despertó con los primeros síntomas de fiebre amarilla pero no, es otra cosa: “no consigo mi dinero”, nos dice preocupada.  Al rato Roxanna y Samuel, igual que los osos del cuento de ricitos de oro, dicen: “alguien también reviso mi cartera”.  Nos miramos todos sorprendidos mientras buscamos el dinero.  En eso, Natacha se da cuenta de que la ventana, la malla que la cubre, está rota; “entraron a robar!” nos dice.    Resulta que el coco, ese coco inofensivo que interrumpió nuestra cena,  luego de caer de la palmera se encaramó por la pared y entró por la ventana del cuarto que está a 30 centímetros de donde estábamos cenando.   El coco revisó las tres carteras, robó dinero y salió rodando por la puerta de la cocina.  Todo muy rápido y con precisión quirúrgica; sólo se llevó efectivo y sólo dólares (los pesos argentinos, como para burlarse de la Kirchner, los dejó en la cartera de Natacha).   Descubierto el crimen me fuí veloz en mi carrito de golf a hacer la denuncia en la comisaría del pueblo.  Al poco rato estaba yo de vuelta en la Casa de Pandora con la fuerza pública (que también se desplaza en carritos de golf), un policía elegante que hacía apenas 15 días que había llegado a la isla.   Tres horas de declaraciones, Natacha y Samuel contando todos los detalles mientras el policía –sudando- los copiaba a mano con caligrafía palmer tropical.  The Mistery of Hibiscus Hill,  se hubiera llamado la novela si en vez de a Natacha o Roxana hubieramos invitado a Agatha Christie.  Poco después llegó la otra unidad de investigación, tres señores a levantar huellas en la escena del crimen, uno trabajaba mientras los otros dos lo miraban listos para tomar la primera de las dos siestas del día.    
 
 
Unidad policial
 
Escena del crimen
      “Do not hold your breath” me dijo sabiamente David el esposo de India cuando le conté del incidente, “mejor hubiera sido capturarlos in fraganti y caerles a golpes” me dice molesto mientras yo me imagino lo que hubiera sido la pelea entre ese Tyson isleño y yo.  Menos mal que no vimos al Coco, pienso yo sin decirle nada; si supiera que en mi familia –mi hermano y yo y cinco generaciones para atrás por el lado de mi mamá, desde que se fueron todos de Polonia- nadie se ha caído jamás a golpes.    Mejor así, nosotros no tenemos problema de ahora en adelante en escuchar al pequeño venezolanito que tenemos por dentro y esconder la cartera cuando bajamos a la playa.   Nosotros conocemos bien a ese Coco.


Abuelito y Benny


 





4.     Cuanto mejor hubiera sido para Patricio, que también es argentino, si la señora de American Airlines le hubiera pedido la vacuna contra la fiebre amarilla
Es difícil descifrar eso que llaman la “química” de pareja.  Es difícil saber, sobre todo al principio, si una relación amorosa tiene potencial o no.  Es por eso que la gente, sedienta de respuestas, consulta  horóscopos y cartas astrales.  Le preguntan a los amigos y lo hablan en la terapia.  En qué se fija uno?  Cuáles son las cosas que nos dicen que somos el uno para el otro? Es verdad eso de la media naranja?  Cómo se reconocen las almas gemelas?  Cuál es el check list que debemos rellenar?   Tantas cosas a las que prestarle atención, tantas preguntas difíciles.   Si bien en el amor hay pocas reglas, lo que sí quedó claro en Harbour Island, es que para casarse no basta con hacer una buena dupla jugando raquetas de playa.  Créanlo o no, hay parejas que logran golpear la pelota hasta 167 veces seguidas, con estilo, en sintonía perfecta, una danza fantástica de forehands y backhands, que no tienen ningún futuro juntos.  Eso aprendimos todos a las 48 horas de que llegó Patricio (su nombre verdaderos ha sido cambiado), la pareja de Roxana.  El desenlace pudo haberse anticipado desde el comienzo cuando llegamos treinta minutos tarde a buscarlo en el puerto, eso a pesar de que él traía la pimienta y el queso parmesano que tan impacientemente esperábamos.  La primera noche la pasarían en la Casa de Pandora, la siguiente, cuando llegaban los padres de Vanessa, en un hotel poco agraciado que se llama Ramera Inn o algo por el estilo.  La verdad es que no es fácil incorporarse a un grupo ya compenetrado, un grupo que lleva un par de días de viaje, que vivió la incertidumbre de la fiebre amarilla de Natacha, que ha sido atracado y que –en equipo- ha prestado declaración jurada a la policía, que comió ensalada de Conch tomando cerveza Kalik un largo mediodía, que compartió champaña fría sentados en la playa.  Es, en cierta manera, como llegar a un bachillerato nuevo en medio del año escolar.   
   Ocurrió lo inevitable; la gota que derramó el vaso fue una de Sambuca en un lindo restaurante frente al mar donde fuimos todos a cenar la segunda noche.  Hace tiempo que el Sambuca, si es que alguna vez lo fue, dejó de ser un arma de seducción.  Nadie, ni el bigotudo más bigotudo, se atreve a pedir un Sambuca al final de una cena frente a su novia.  Nadie, ni el más galán de los galanes siciliano, apostaría la noche a un vasito de Sambuca. Nadie, ni Trino Mora en su mejor momento, terminaría una velada romántica masticando tres granitos de café mojados. Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Tarzán y Jane, Elizabeth Taylor y Richard Burton, Jose Bardina y Lupita Ferrer, ninguna pareja hubiera sobrevivido un sambucazo.   Si alguna posibilidad de éxito tenía la relación  se desvaneció cuando la mesonera trajo el fatídico vasito de licor a la mesa.   
 Esa noche al volver saltamos apurados de los carritos y corrimos todos a la casa.  Los dejamos solos bajo las estrellas sobre la grama china.  A lo lejos, desde la Casa de Pandora, se les veía (sin la ayuda de las raquetas de playa) hablando entre los cocoteros, se escuchaba el murmullo de la despedida.  Mientras tanto nosotros en nuestra habitación, algo apenados, pensamos cuanto mejor hubiera sido para él si la señora de American Airlines le hubiera pedido el certificado de la fiebre amarilla. 
  
167 golpes
 

domingo, 6 de octubre de 2013

Sobre dos almas gemelas

-->


Vanessa y las Bahamas se parecen un montón: las dos cumplen cuarenta años en el 2013,  las Bahamas son un poquito más adultas porque cumplen en julio y Vanessa en diciembre; las dos son caribeñas y calientes –quise decir cálidas- y hermosas; las dos son desenfadadas, amigables, en las Bahamas no le piden visa a nadie y Vanessa siempre está feliz de recibir amistades (las suyas,  las mías y las de nosotros); Vanessa y las Bahamas están convencidas de que todo siempre saldrá bien, en las dos las lluvias son siempre cortas y pasajeras, ven el ojo y no las cejas despeinadas del huracán; Vanessa y las Bahamas viven en el lado brillante de la vida, les basta a las dos con una playa calmada y transparente de agua templada, teñida de azules y verdes; Vanessa y las Bahamas se despiertan tarde,  siempre con una sonrisa y con ganas de abrazar; las dos, mi esposa y las islas, son un refugio donde se le hace difícil entrar al mal humor, donde se rinden  las más viejas y tercas ansiedades; en las Bahamas y con Vanessa, la vida es sencilla,  el presente es simpático, dicharachero y bonachón.  Bahamas y Vanessa, las dos, tienen el escurridizo don de la felicidad.


Llegamos a North Eleuthera un lunes al mediodía en un pequeño avión luego de un corto vuelo.  Viajamos  los dos solos, tres noches apenas, el apuesto Benjamín se quedó  en Miami muy contento con Nancy, su tía abuela, sus abuelos y la fiel Cleo.  El aeropuerto de North Eleuthera es una casita muy modesta  al final de una pista.  No hay una torre de control alta ni grandes antenas, un sólo camión de bomberos algo viejo y oxidado, una sala de inmigración muy pequeña con dos oficiales que parecen acabar de despertarse de una larga siesta.  Bahamas es un archipiélago de unas 700 islas y trescientos cincuenta mil habitantes en su mayoría descendientes de esclavos.     Eleuthera, una isla larga y estrecha con forma de croissant, es la tercera más grande del país y, afortunadamente, una de las menos desarrolladas.  No hay grandes hoteles como el Atlantis, no recibe cruceros, no tiene casinos, a pesar de su cercanía a los Estados Unidos ha pasado más o menos desapercibida.  En Eleuthera viven sólo 8.000 personas.    
   Cumplidos los trámites migratorios estamos listos para ir a nuestro hotel, Coral Sands en Harbour Island, otra isla muy pequeña  a cinco minutos en taxi y otros cinco en bote.   El mar es azul y verde y tornasol,  el clima perfecto y los bahameños son inmunes al stress.  En el muelle donde llegamos alquilamos un carro de Golf y nos aventuramos –Vanessa al volante- isla adentro.    Harbour island es pequeña,  3 millas y media de ancho por una y media de largo; uno de los lados da a la bahía y la marina y el otro, el más bonito, a una playa paradisíaca de tres millas de arena rosada muy fina donde esta nuestro hotel.   Entre el muelle y la playa hay un pequeño pueblo con unas cuantas tiendas poco surtidas, infinitas iglesias y otras tantas licorerías.  Las calles están mal asfaltadas y se maneja como en Inglaterra a pesar de que el volante está a la izquierda.  Hay poco tráfico, en su mayoría carros de golf y muchos gallos y gallinas que cruzan la calle despreocupados.   Nuestro hotel queda frente al mar.  Dejamos las maletas y salimos a la playa.  Vanessa, que conoce bien la isla, me lleva de la mano a recorrerla  descalzos, me cuenta que a veces pasan caballos al borde del mar.  La arena, yo sé que lo dije antes, es finísima (parece harina pan), el agua es de una temperatura perfecta, hay poco oleaje y sólo unos cuantos turistas, un puñado de europeos y unos cuantos americanos aprovechando (como nosotros) el fin de semana del 4 de julio.  Al borde de la playa, medio escondidas tras la vegetación (la isla es muy verde) hay una hilera de casas espectaculares de extranjeros de buen gusto aficionados al horizonte y el sonido del mar.   No hay mucho que hacer en la isla y de eso se trata.  Hay algunos buenos restaurantes; Vanessa me lleva a tres: Landings, Rock House y Aquapazza.  La comida es deliciosa - la compañía aún mejor- , cenamos sin apuro, hablamos de cosas serias pero sobre todo de tonterías, hablamos de Benjamín, de sus ojos, de lo que será cuando sea grande  y de cómo se babea,  tomamos vino y comemos cangrejo.  Dormimos largo, leemos, paseamos y volvemos a pasear por la playa rosada, salimos a tomar fotos, exploramos la isla buscando casas para alquilar.  Para almorzar descubrimos un tarantín pintoresco  al borde de la bahía, Conch Queen se llama, y está atendido por Richard y sus dos hijas.  Como todo en las Bahamas, uno debe ir con mucha paciencia.  Se trata de sentarse en la barra con un par de cervezas Kalik a cultivar el hambre mientras vemos como preparan –con mucha calma- la deliciosa ensalada de Conch (Botuto en Venezuela), un caracol inmenso de concha rosada que forma parte de todos los platos de la isla.  Grandes montañas de conchas vacías son testimonio del apetito voraz de turistas y locales.  El abuelo de Richard, nos cuenta, vino de Cuba hace muchos años y se quedó.  Sus dos hijas, botuto en mano, sonríen concentradas en la ensalada que nos preparan.  Insisten en que les dejemos echarle algo de picante, nosotros –nuestro juicio nublado por las Kalilk- aceptamos sin mucha resistencia.  Nos encanta pasar horas en la barra de la Reina del Botuto.  
La reina del botuto



Toca regresar (extrañamos a Benny).  Empacamos en la mañana, nos zambullimos una última vez en el mar, nos limpiamos la arena, montamos nuestra pequeña maleta en la parte de atrás del carrito de golf y partimos –a toda velocidad-  al muelle a tomar el bote para el aeropuerto.  Al poco rato me volteo y descubro que nuestra maleta no está, se nos ha caído en alguna curva, en alguna de las calles del pueblo.  Volvemos al hotel a ver si esta allí, Vanessa le explica a la empleada del front desk lo que nos acontece (una isleña morena y adiposa) y ella responde –sin mucho sobresalto- “Oh Lord”.   Decidimos recorrer calle por calle buscando la maleta,  vamos haciendo el recorrido hasta que en una esquina  sobre un mueble alto en el porche de la casa de una señora –justo donde hice una osada maniobra con el carrito- está la maleta tostandose al sol.  La amable señora esperando a ver quienes eran los padres de aquella criatura.  Ahora sí podemos ir al muelle.
Estamos felices porque hemos decidido volver para el cumpleaños de Vanessa.  Ya escogimos la casa que alquilaremos, una casa blanca maravillosa justo frente al mar, donde celebraremos durante toda una semana el cuarenta aniversario de las Bahamas y de Vanessa.  Qué fácil es enamorarse de ellas dos.







sábado, 6 de julio de 2013

Entre tapires y guacamayas, una semana en el Manu

 



Un día llegó, no sé cómo, a la pequeña biblioteca de nuestro apartamento en Caracas un libro de tapas color crema con un título curioso de un autor inolvidable.  Yo tenía tal vez nueve o diez años y lo recuerdo como si fuera hoy.  Era el primer libro de una colección de quien sabe cuántos tomos, en la portada había una foto algo borrosa en blanco y negro de una canoa en la orilla de un río rodeado de mucha vegetación.   Era un relato de viajes, el título del libro era Del Roraima al Orinoco y su autor era un tal Theodor Koch-Grunberg.  Vaya descubrimiento!! Hasta ese día había vivido en un mundo pre-Galileo en el cual mi familia ocupaba el centro del universo, eramos los únicos Grunberg de Venezuela y del mundo.  Tropezarme –así de repente- con un tal Teodoro Grunberg (quien para más colmo tenía hasta la diéresis sobre la “u”, la marca secreta de la familia) era un suceso importante, un verdadero sacudón.   Traté de leer el libro muchas veces, pasé largas horas tratando de descifrar la prosa aburrida, la jerga científica y los manierismos de final de siglo, revisando los mapas y viendo las fotos, tratando de entender de qué se trataba la aventura de ese barbudo alemán, de ese pariente lejano tan distinto a nosotros.  Poco a poco comencé a sentir fascinación por los paisajes, por el relato de indios y cataratas, quedé seducido por el aire libre y los sonidos de la noche en la selva.    Recuerdo que le pregunté infinitas veces a mi papá sobre el primo Teodoro.  Nunca recibí una buena respuesta, mi papá jamás abrió el libro.   Theodor, lo sé hoy, fue un explorador alemán de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX – un Humboldt tardío- que recorrió el sur de Venezuela y el norte del Brasil documentando, entre otros, las costumbres de los indios Pemón.  Theodor exploró el Orinoco y sus tributarios, las llanuras y la selva que bordean el macizo guayanés en Venezuela.  Theodor murió joven de malaria en 1926 en Manaos.   Del Roraima al Orinoco cambió dos cosas en mi vida:   hizo que aceptara que eramos una familia más (una familia común y corriente) en un mundo repleto de Grunbergs, Greenbergs, Grubergs y Gruenbergs; y ayudó a que naciera en mí el deseo por salir a explorar.  El viaje del que acabo de volver, el maravilloso paseo al Manu, es otra emulación secreta (y modesta) de los viajes del primo Teodoro.


El año pasado nació un pequeño club de amigos viajeros determinado a escudriñar hasta el más remoto rincón del Perú.  Un grupo de “patas” dispuesto a enfrentar las condiciones más adversas, las privaciones más extremas, los más grandes obstáculos para conocer los parques y reservas nacionales del Perú; una tropa de guerreros preparada para adentrarse –cámara y binocular en mano- donde ningún “pituco” osaría aventurarse.   Al llegar de nuestra caminata por la cordillera del Ausangate el año pasado, todavía despeinados, sin aliento y mal dormidos, decidimos agendar nuestro próximo paseo: acordamos reencontrarnos este junio para visitar el Parque Nacional el Manu, una reserva de casi dos millones de hectáreas (del tamaño de Eslovenia o Israel) en el sureste del Perú no muy lejos de la frontera con Bolivia.  





Hace cientos de millones de años había un único continente llamado Pangaea que ocupaba la mitad de la tierra.  En el período Triásico, Pangaea comenzó a separarse en dos continentes: Laurasia y Gondwana.    Durante este proceso Suramérica, que formaba parte de Gondwana,  se desplazó hacia el oeste chocando con la placa de Nazca y dando nacimiento a la cordillera de los Andes.  La aparición de los Andes alteró dramáticamente los patrones de lluvia y el sistema fluvial del continente.   Hasta ese momento el río Amazonas corría en sentido contrario desembocando en el Pacífico.  El Amazonas y los demás ríos, atrapados por las montañas, inundaron el centro del continente.  Por millones de años un gigantesco mar interno ocupó todo el Amazonas.  Hace apenas 1.6 millones de años que el agua logró finalmente salir por el este hacia el Atlántico por la ruta que conocemos hoy.  Este largo proceso creó el sistema fluvial más grande y la cuenca más fértil del planeta.   Sin embargo, aunque pareciera a primera vista, no todos los Amazonas son iguales.  Dependiendo de su ubicación, de su genealogía y del grado de impacto humano, algunas secciones de la selva contienen mucho más biodiversidad que otras.  El Manu, alimentado por los sedimentos de la cordillera de los Andes y protegido por su inaccesibilidad, es el más amazónico de los amazonas, el lugar más biodiverso del planeta tierra.   
La cita quedó pautada para la primera semana de junio.  Nos encontramos puntualmente a las 9.30 de la mañana en el aeropuerto Alejandro Velasco Astete de la ciudad de Cusco.  Allí, en el estacionamiento bajo un sol radiante, nos reunimos –todos sonrientes- Suso, Jana, Pepe, Roger y yo para comenzar el paseo.  Esta vez nos acompañaría Fiorella, nuestra guía, veterana del Manu, y, por los primeros dos días, nuestro chofer Walter.  Para llegar a la única entrada al Parque nos esperaban unas cinco horas de camino en una camioneta, amarradas en el techo nos esperaban impacientes nuestras refulgentes bicicletas.  


El Parque Nacional del Manu, decretado como tal en 1973 y luego declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad, nace en las alturas del departamento del Cusco y se derrama sobre Madre de Dios abarcando varias zonas climáticas que van desde los 4.200 hasta los 350 metros de altura sobre el nivel del mar. El Manu es más grande que la suma de todas las áreas protegidas de Costa Rica.   De los más de 19.000 kilómetros cuadrados que ocupa el parque, el 80% es zona intangible de acceso prohibido y el resto, dividido en una zona cultural y otra experimental, está abierto al público.  Es allí, en el margen suroriental de la reserva a orillas de los ríos Manu y Madre de Dios, que operan un puñado albergues (heroicos sus dueños) donde se puede pernoctar.  Cada año apenas unos 2.500 turistas reciben permiso para visitar el parque.  Los ingresos para el Estado, en su mayoría provenientes del cobro del derecho de entrada, alcanzan tal vez a la muy módica suma de cien mil dólares al año.  El Manu es el lugar más biodiverso del planeta con más de 20.000 especies de plantas, 222 de mamíferos, 100 de reptiles, más de 200 de peces y 1.000 aves distintas (más especies de pájaros que en Canadá y los Estados Unidos y casi tantas especies de peces como el Mississippi y el Missouri juntos). De todas las especies que viven en el bosque los insectos son los más abundantes, las hormigas solas representan en algunas partes el 10% de la biomasa total.  Aislado por el difícil acceso, aún hoy existen en la reserva tribus no contactadas por la civilización http://elcomercio.pe/actualidad/763053/noticia-presuntos-indigenas-aislamiento-voluntario-fueron-vistos-manu
Salimos de Cusco con dirección al hermoso pueblo de Paucartambo que abraza el río Mapacho.  Justo antes de llegar al pueblo, en las laderas del valle, nos detenemos para visitar las enigmáticas Chullpas, antiquísimas construcciones funerarias, unos pequeños cobertizos circulares, hongos de piedra, mausoleos pre-colombinos que salpican el paisaje. 
Paucartambo valle abajo


Chullpas

Unos pocos minutos carretera abajo y se llega al pueblo.  Paucartambo es conocido por las fiestas de la Virgen del Carmen durante las cuales, cada julio, el pueblo se disfraza y baila en una celebración de sincretismo religioso.  Los atuendos de los locales, retratados con muy buen gusto por el fotográfo Mario Testino en su serie “Alta Costura”, están representados en las estatuas doradas que adornan una de las plazas centrales del pueblo.  Luego del almuerzo estiramos las piernas caminando por las calles pintorescas, cruzando el antiguo puente que ordenó construir Carlos III en 1775,  tomándole fotos a los niños y sus perros, escuchando historias entretenidas del magnífico Roger, simpático, multilingüe, erudito, memorioso.   Es así como aprendemos, entre otras cosas, que en la iglesia del pueblo guardan todavía cual reliquia la lengua de un célebre sacerdote admirado por sus dotes de orador. 




Salimos de Paucartambo con rumbo a las Tres Cruces, un paraje alejado desde donde cuentan se ve en el solsticio de invierno el amanecer más vistoso del planeta (Osaka, creo haber escuchado, le hace competencia).  En ese mismo lugar, allí donde se bifurca el camino, anunciado por un modesto letrero y un pequeño mapa envuelto en neblina, queda la única entrada al Manu.  Hacía pocos días que Roger había regresado de organizar la primera edición del ultramaratón del Manu, casi cuarenta concursantes de distintos países en un recorrido agotador de 230 kilómetros.  Nuestra camioneta se detiene muy cerca de donde comenzó la carrera, nos bajamos y comenzamos una maravillosa caminata de unas cuantas horas por el bosque húmedo nublado.  Laberintos de árboles cubiertos de musgos y líquenes, helechos inmensos del tamaño de palmeras, hilos de agua y una la orquesta de pájaros escondida en el bosque.  Nosotros felices sendero abajo hasta que llegamos a una encrucijada en la que Roger apuntando hacia arriba nos dijo: “sólo falta una media hora  de subida”.  Comenzaba, sin nosotros saberlo, nuestro mini-maratón.  La subida se hizo cada vez más empinada, no tardamos mucho en comenzar a preguntarle a Roger cuánto faltaba, la animada conversación tomó una pausa, nos hacía falta el aire, había que concentrarnos y seguir trepando.  Varias “medias horas” después, ya oscureciendo, Roger decidió separarse para acelerar el paso y traernos linternas.  Al rato, llegó con luz y nos guió a un pequeño campamento donde debía esperarnos Walter con la camioneta.  Para sorpresa de todos Walter no estaba.  Le tocó de nuevo a Roger caminar (correr) camino abajo en la oscuridad hasta que aparecieron Walter y la camioneta.  Dos horas más de camino por una carretera algo precaria y poco transitada –la vieja via marginal de la selva, la que quiso construir Belaúnde Terry inspirado en el faraónico Juscelino Kubistchek-, pasamos túneles de tierra, puentes endebles y montones de charcos antes de llegar a nuestro destino final: El Lodge del Gallito de las Rocas.   Dejamos nuestros bultos en las habitaciones, cenamos y nos dimos las buenas noches, a las 5 de la mañana del día siguiente debíamos reportarnos para ir a ver Gallitos, el estupendo pájaro rojo, el ave nacional del Perú.   Traté de tomar una ducha a la luz de la vela pero no logré descubrir, al menos esa noche, que aquí en la selva las letras “C” y “H” de los controles del agua están al revés, que las letras no corresponden a “Hot” y “Cold” sino a  “Helada” y “Caliente”.  



Helechos del tamano de palmeras

Albergue Gallito de las Rocas

   A la mañana siguiente nos levantamos muy temprano y salimos a la vereda del camino a buscar gallitos y monos.  No muy lejos de nuestro lodge había una puerta que da a un sendero –literalmente “había” porque Pepe la desencajó al abrirla-.  Al final de la trocha llegamos a un pequeño claro bajo los árboles con un banco de madera artesanal donde nos sentamos a ver cómo los galantes gallitos cortejan a sus gallitas.  Al poco rato justo sobre nosotros,  rojo y encrestado, aparece un macho madrugador y a su alrededor una tropa de monos capuchinos, un cirque de soleil amazónico, balanceándose de rama en rama.  Nosotros emocionado tratando de tomarles fotos,  luchando con los lentes, el autofocus y el contraluz.  Finalizado el espectáculo volvemos al lodge a tomar nuestro desayuno – una poción mágica de avena, linaza y  nueces preparada por Pepe-  y nos sentamos a charlar.   De repente un bullicio, golpes en el techo y conmoción; la misma tropa de monos –o tal vez otra- asomada al comedor buscando su desayuno.  No tienen miedo, o muy poco; si nos distraemos se roban la fruta o el pan, son capaces hasta de llevarse la concocción de Pepe.  Estamos fascinados con los capuchinos, nos quedamos un largo rato tomándoles fotos,  viendo sus muecas y sus miradas, maravillados con sus colas prensiles, escuchando el silbido y los mensajes en morse del macho más curioso.  
Gallito de las Rocas

Capuchino



El próximo tramo es en bicicleta.  Recogemos nuestras maletas, las colocamos en la camioneta y nos lanzamos – encascados y enguantados- carretera abajo escoltados por Walter.  Poco a poco comienzan a salir los niños que llevamos por dentro, nos tele-transportamos a nuestra infancia, rodamos felices entre el barro y las piedras.  Comienza la lluvia y con ella desaparecen las últimas inhibiciones, ahora sí que somos una pandilla de muchachitos haciendo carrera con Pepe a la cabeza.   Estamos todos empapados y llenos de lodo, embalados disfrutando del paisaje, no queremos que se acabe.  Termina la bajada y llegamos a un pequeño caserío donde compramos agua y hojas de coca.  Allí Roger nos ofrece volver a la camioneta pero su moción es derrotada por unanimidad, todos queremos seguir montando bici hasta el fin del mundo, hasta que la carretera se dé de bruces contra el río.   Unas horas más tarde llegamos embarradísimos al pueblo donde almorzaríamos, ya hace rato que estamos en el Departamento de Madre de Dios.  Nos bajamos de nuestras bicicletas y nos duchamos en un pequeño y desvencijado hostal al borde del camino.  Le entregamos nuestra ropa sucia a la dueña de la más moderna lavadora Samsung del Amazonas, toda la modernidad en un cubo, para que nos la lave mientras comemos.  Almorzamos arrullados por la lluvia y el ciclo de spinning del prodigio coreano.  Esa misma tarde, luego de un breve paseo por el río, llegamos a nuestro próximo albergue, el venerable Amazonia Lodge.






Alli las duchas al final del paseo

El Amazonia Lodge es hijo de la pasión y el cariño de un cusqueño y una cajamarquina que compraron hace más de treinta y cinco años una antigua hacienda de té para convertirla en un refugio de flora y fauna.  En el lodge se han avistado más de 644 especies de aves, un festín para los dedicados birdwatchers que vienen de Europa y Norteamérica.  Nosotros, novatos y contentos, nos sentamos en la baranda del hotel preparados para iniciarnos en las artes del avistamiento de aves.  Al frente un hermoso jardín con árboles inmensos, uno de fruto de pan, y una plataforma con algo de comida para atraer las aves.   “Ese es un jacobin” nos dice Fiorella. “Tómale fotos” me dice Pepe.  “Ese es un red tanager” nos dice Fiorella.  “Tómale una foto” me dice Pepe.  “Ese es un blue tanager” nos dice Fiorella.  “Tómale una foto” me dice Pepe.  Así va transcurriendo la tarde al ritmo de los trinos y el whisky apostados todos, aprendices de ornitólogos, en la larga terraza.  Para las seis de la tarde ya nos faltan sólo 635 aves que avistar.  Jana, con su rigurosidad anglo-sajona, marca en su libro cada uno de los pájaros que hemos visto.  “Pepe, ese es otro Jacobin, ya tengo ocho fotos del mismo” le digo yo  avanzada la tarde.  Ese día descubro que mis binoculares son los menos poderosos del grupo.  Suso, haciendo alarde de la potencia de los suyos,  hace comentarios sobre las pestañas de los colibríes y las arrugas en los ojos del pequeño abejaruco que está parado en ese árbol bien atrás.  Tengo que confesarlo, no he logrado sobreponerme aún a mi falta de virilidad óptica, a la humillación de tener los binoculares más miopes de todo el grupo.  Nos acostamos temprano –faltan 633 especies por ver- para despertarnos a las 4.30 de la mañana para una caminata.  A las 5 abro los ojos y escucho un torrencial aguacero.  Nuestra excursión matutina ha sido cancelada.  Dormiremos apacibles hasta las seis.

Amazonia Lodge, antigua hacienda de te

Daniel, le tomaste foto a ese Jacobin?



Nos despedimos del Amazonia Lodge.  Hoy nos tocan siete horas de paseo por el río Madre de Dios hasta el siguiente albergue.  Nos sentamos en el bote a disfrutar del paisaje, pendientes de las garzas y las capibaras al borde del río, de las tortugas que se asolean sobre los viejos troncos,  buscando monos en las copas de los árboles. Suso nos asiste con la biblia de la selva, el Neotropical Companion de Kricher, fuente de todo el saber: “Saben que en un árbol del Amazonas se han encontrado más especies de hormigas que las que hay en todas la Gran Bretaña?” nos dice Suso y nosotros boquiabiertos.   Roger nos cuenta de Clotilde, una caimana malcriada que acostumbrada a alimentarse de los restos de comida de uno de los lodges terminó comiéndose a un incauto fotógrafo.  Horas y horas de verde y de nubes, de una tertulia entretenida, un larguísimo río parecido a los que recorrió el primo Teodoro.  Al comienzo de la tarde llegamos al albergue donde pasaríamos nuestras últimas tres noches.   








El último lodge es el más grande de los tres, unas diez o quince cabañas muy cerca del río rodeando el comedor.   Las habitaciones no tienen número sino nombre, a partir de ahora yo soy Carachupa (zarigueya) y Pepe Tapir.  Esa tarde hacemos un paseo corto para visitar la copa de un árbol muy alto.  Una gran parte de la vida de la selva se concentra en las ramas y las hojas de los árboles lejos de nuestra mirada, a cientos de metros del suelo húmedo y oscuro.  Infinidad de animales; mamíferos, aves, reptiles y anfibios pasan sus vidas enteras en las alturas de los bosques.  Para subir a nuestro árbol han construido una escalera de caracol metálica con cientos de escalones.  “No se preocupen, caben hasta 10 personas” nos dice Fiorella y nosotros, exploradores obedientes, subimos haciendo caso omiso al vértigo y al bamboleo de la estructura.  Desde la plataforma de madera arriba en la copa se ve un mar verde infinito.  Decenas de especies de pájaros: woodpeckers y woodcreepers, tanegers de nuevos colores, guacamayos y loritos.  Suso, Jana y Pepe muy aplicados con sus binoculares.   Yo  me concentro en tomar fotos; trato de capturar la magia de la luz enredada en las ramas de nuestro árbol a esa hora de la tarde. 
De vuelta en el lodge es hora de enseñarle a Juan, el encargado del bar, cómo se prepara un buen Gin Tonic.   Es cuestión de salud.  Después de todo fueron los británicos quienes inventaron la bebida como una manera de tomar la amarga quinina que los protegía de la malaria.  Nos sentamos a tomar un par de tragos mientras recordamos nuestro ascenso al árbol y hablamos del plan del día siguiente.  Esa misma noche me llega una advertencia del Consulado americano en Lima sobre la selva del Manu y sus alrededores: “Message for U.S. Citizens: Mosquito-Borne Illnesses and Mercury Contamination in Peru”.  No le tenemos miedo al dengue, a la malaria o a la leshmaniasis, estamos protegidos por el Gin Tonic y por la olorosa citronella orgánica que tan maternalmente nos rocia Suso cada mañana antes de nuestros paseos.  Somos valientes.
A la mañana siguiente salimos muy temprano a ver guacamayos en un “clay lick”, una pared de arcilla adonde vienen algunos pájaros para nutrirse de minerales.  La caminata es entretenida, nos detenemos  para ver hormigas, arañas, hongos y enredaderas.  Gran parte de la ruta es bosque inundable, terreno que durante los meses de lluvia está casi totalmente cubierto de agua.  Frente al clay lick hay una plataforma de madera donde nos sentamos a esperar los guacamayos.  Al poco rato vemos acercarse algunos tímidamente.  Baja uno con cuidado y se posa sobre la pared de arcilla.  A los pocos minutos nos sorprende una explosión de color, decenas de guacamayos, un revoloteo de amarillo, verde, azul  y rojo.  Muchos vienen atraídos por el maíz que le colocan en la pared de arcilla, algunos aprovechan para tomar su dosis de minerales.    De vuelta tenemos la suerte de ver un grupo de monos tamarindo y un tímido agouti. 
Clay lick



La hormiga mas grande, duele como si fuera una bala

Ese día, tarde en la tarde, salimos con nuestras linternas a otro clay lick un poco más grande donde vienen los tapires y los monos araña a hacerse de su suplemento mineral.  Luego de una hora y media de camino (vimos “makisakas” o monos araña, el más grande de todas las 13 especies de monos que habitan el Manu y un grupo de venados)  llegamos a una plataforma escondida en la selva, un balcón de madera con una hilera de colchones cubiertos con mosquiteros (parece un hospital de campaña de la primera guerra mundial).  La idea es acostarnos a esperar en silencio a que lleguen los animales.  Cada uno se ubica en su puesto de observación, cae la noche, hay que tener paciencia.  De repente, no sé si atraídos por la arcilla, por el olor a citronella o por los ronquidos de uno de nosotros, aparece un primer tapir.  Es emocionante.  Lo iluminamos y le tomamos fotos.  No tarda en llegar un segundo tapir más grande que se pasea con calma por el barro.  Primos lejanos del elefante, tienen una pequeña trompa y mala vista, son el animal más grande de Suramérica.  Los tapires, tímidos y solitarios, son muy difíciles de ver.  Nosotros estamos extasiados.  En el camino de regreso nos detenemos a aprender de arañas.  Nos tropezamos con varias especies noctámbulas de distintos tamaños: arañas saltarinas, arañas peludas, arañas aéreas y subterráneas.  Pepe no le tiene miedo a ninguna. 
Nuestro puesto de observacion de tapires

Que esparrago!
Tapir en el barro


La penúltima mañana salimos de paseo a un lago.  Vamos en un bote sin motor deslizándonos sobre las aguas calmadas atentos a los matorrales y los árboles.  En la orilla vemos grupos de Hoatzins, un ave torpe con el copete despeinado, un raro pájaro rumiante; murciélagos, una familia de monos aulladores flojos y peludos, buscamos sin éxito una pareja de nutrias que cuentan vive allí.  A nuestro regreso Jana, la de la vista biónica, descubre un lindo perezoso colgado de una rama.  Esa tarde Tapir y Carachupa deciden tomar una siesta mientras que Suso y Jana vuelven a visitar el clay lick de las guacamayas.   

Roger pensativo

Hoatzin



Ya nos toca volver a Lima.  El primer tramo de la ruta a Puerto Maldonado es río abajo por varias horas.  A medida que nos alejamos del parque vamos viendo más y más campamentos de mineros ilegales lavando arena en busca de oro.  Les tomamos fotos al pasar y ellos nos miran sin sobresalto, no sienten necesidad de cubrirse, no tienen sentimiento de culpa, no hay nada de qué avergonzarse, destruyen la selva con total impunidad.  El agua del río a estas alturas está altamente contaminada con mercurio, no se puede (no se debe) comer pescado, al borde del camino hay kilómetros y kilómetros de “pampa” desforestada, selva desfigurada, irreconocible.  Desde el aire se ven las inmensas cicatrices, tomará siglos -literalmente- para que el ecosistema se regenere, para que la selva vuelva a parecerse a lo que un día fue.  Los pueblos mineros son una versión tropical del viejo oeste americano, un puñado de casas poco glamorosas, construidas a la carrera, rodeadas de tiendas de repuestos de motos y motobombas, de basura, de ropa barata y mucho plástico.  Una cerveza en este “wild west” cuesta 10 soles, un pollo 60, una puta 100 (en Lima la cerveza cuesta 3, el pollo 20 y la puta quien sabe).  Esta es una economía de pueblo de frontera, de hedonismo y despilfarro, lo que ganan los mineros en largas jornadas de trabajo lo gastan en una sola noche.  
"Sargento de turno.  Autoridad de playa"

Mineria ilegal


Chicha y Direct TV

Reparando la maquinaria para la mineria

Desierto ahora, antes selva


    
      Puerto Maldonado, de unas 50.000 personas, nació con el boom del caucho en 1902 y hoy crece gracias al oro y la madera malhabida. Por aquí pasó Fitzcarrald, el mismo de la película de Herzog, con su inmenso bote y toda su locura.  Su vida, la del Fitzcarrald, se repite y vuelve a repetirse en la selva como una maldición,  es el ciclo infinito de destrucción, de rápidas fortunas y quiebras estrepitosas.   En una de las encrucijadas principales de la ciudad hay una torre que conmemora la fundación de Puerto Maldonado, una torre alta desde la cual se puede ver la ciudad entera y la selva maltratada.  El mismo día que se inauguró –hace unos años- dejó de funcionar el ascensor y aún hoy no lo reparan.  La torre es  un monumento a la improvisación y la desidia.   El chófer que nos llevó al aeropuerto nos cuenta que muchos de los extranjeros –chinos, coreanos y rusos- se han ido de Maldonado (tal vez por la caída del precio del oro), que el diputado que representa la región está en el negocio de venta de oro ilegal y que por eso trataron de asesinarlo, que no importa en verdad comer pescado con mercurio, que a él y a su familia también les encanta comer tapir, mono araña y venado y que es muy fácil conseguirlos en el mercado.  Yo, algo preocupado por el tapir de la otra noche, le pido que por favor coma pollo. 
Ya tenemos un viaje planeado para el año que viene.  El club de viajeros irá en mayo a la selva en el norte, a la reserva Pacaya Samiria allí donde no llega el internet. Iremos a pasar unos días navegando por el Amazonas, persiguiendo toninas y manatíes, tomando gin tonic al atardecer, explorando la selva, hablando boberías, brindando –algunos sin saberlo- por el primo Teodoro.