En Madagascar una tarde hace ya tiempo

En Madagascar una tarde hace ya tiempo
no, no soy yo

viernes, 16 de julio de 2010

Siete dias al son de las vuvuzelas

Son solo 15 horas de vuelo hasta Johannesburgo y voy contando los minutos desde que despegamos con la mirada fija en la pantallita que muestra por donde va el avion (preguntandome a quien le interesara que la temperatura es menos 57 grados centigrados afuera a 36.000 pies de altura?!) Ya hemos visto tres peliculas en el DVD player que compramos ("La Teta asustada", "Derecho de Familia" y "Cashback"), vuelvo a ver la pantallita de reojo y apenas estamos cruzando el Atlantico todavia muy lejos de la costa de Costa de Marfil. Vamos, Guillermo y yo, camino a Surafrica a ver algo de futbol. En el avion ya se siente el ambiente festivo; las aeromozas vestidas con el uniforme amarillo Bafana Bafana del equipo surafricano, los pasajeros -sobre todos los que si saben de futbol- ansiosos por llegar e ilusionados pensando que sus equipos ganarian (eso cuando el pulpo Paul todavia era un pulpo cualquiera y Espana acababa de perder contra Suiza), el piloto contento dandonos la bienvenida en ingles e impecable Afrikaans. Llegamos temprano en la manana (15 horas de vuelo, 22 horas seguidas sin dormir), el aeropuerto repleto de voluntarios todos con las sonrisas mas sonrientes que hemos visto. Tomamos el nuevo tren rapido a la ciudad para llegar a nuestra cita con Firoz y Nazira, mis dos buenos amigos. Almorzamos juntos una costilla gigante (27 horas sin dormir) y de alli algo apurados al partido Costa de Marfil - Brasil en Soccer City, un nido marron perforado de luces, lleno de fanaticos (casi 88 mil) de buen humor vestidos de colores. "Lo peor para el jet lag es dormir" le advertia yo a Guillermo cuando lo veia cabecear y el me veia, entre sonambulo e insomne, arrullado por un coro de vuvuzelas (29 horas-o mas- sin dormir).
Al dia siguiente, recuperados ya, salimos a explorar Jozi (que ese es el sobrenombre de Johannesburgo). Los taxistas en Surafrica son todos, al menos los que nos tocaron a nosotros, simpatiquiiiiiiiiisimos. Algunos nos hablaban del presidente Zuma y sus apetitos sexuales, otros del equipo de futbol local y de su estrella Torrealba, un venezolano que juega desde hace anos en Surafrica y que, parece, despierta pasiones, otro de su trabajo anterior como policia. Ese dia almorzamos con una buena botella de vino en Assagi, un comedero italiano de esos en los que a uno le provoca abrazar a los mesoneros, la torta de la nonna de postre y de alli a pasear. Esta es mi segunda visita a Johannesburgo en dos meses y cada vez se me hacen mas evidentes las semejanzas con Caracas. No solo las colinas y los arboles, las calles y los centros comerciales sino tambien, y sobre todo, la sensacion de dos ciudades en una; una adinerada y asustada que o emigra o se esconde tras las rejas electrificadas y otra, mucho mas numerosa y apartada, que se asoma cada vez con menos miedo. Dos ciudades que se comportan como siameses que se dan la espalda. Pero mas que las semejanzas, o precisamente por las muchas semejanzas, sobresalen las diferencias entre Venezuela y Surafrica: Mandela, que pudo hacer las paces con el resentimiento -el suyo y el de mas de 30 de millones de personas-, supo reconstruir sin destruir, desarmo el abominable aparataje del apartheid sin tener que desfigurar el pais, fue igual de intransigente en deshacer lo malo como lo fue en preservar lo bueno. Mandela, a diferencia de Chavez, resistio las seducciones y las trampas del poder.
Un juego cada dia: Espana-Honduras, Espana-Chile, Ghana-Alemania, Mexico-Uruguay, saltando de estadio en estadio sin poder decidirnos por cual equipo vamos. Durante el dia explorando Johannesburgo y Pretoria: el museo del Apartheid (bueno, buenisimo), la cerveceria Saab Miller (mala, malisima), la casa de Paul Kruger (eramos los unicos dos visitandola, bueno, nosotros dos y un japones algo perdido), el jardin botanico y dos o tres centros comerciales... Una de las noches decidimos pasarla en Sun City, una suerte de las Vegas dos estrellas a dos horas y media al norte de Johannesburgo. Nuestro hotel, "Las cabanas" se llamaba, era de un mal gusto entretenido. Sun City queda muy cerca de Pilanesberg, una parque nacional de 55 mil hectareas, un antiguo crater donde hoy pasean animales. Hicimos dos safaris, uno de tarde y otro temprano en la manana; montones de springbooks e impalas, elefantes (grandes y chiquitos), rinocerontes (grandes y chiquitos), tres jirafas (una alta y dos medianas), jabalies corriendo con las colas estiradas, un cocodrilo ("de esos he visto mucho decia Guillermo"), y algunos hipopotamos. Yo, como me pasa siempre con los animales, hipnotizado.
El sabado en la noche, nuestra ultima noche, decidimos ver Ghana-USA en un plaza con Firoz, Nazira y muchisima gente mas, todos bailando y vuvuzeleando, todos contentos. El domingo un almuerzo inolvidable de langostinos, codornices y vino en un restaurante portugues y esa noche de vuelta en el avion otra vez viendo la pantallita contando los minutos para la escala en Dakkar. "No duermas Guillermo, no es bueno para el jetlag" le decia yo mientras el cabeceaba.

1 comentario:

Antonio dijo...

Lástima que no pudieran vistar la mansión de la familia Barbour. En efecto es la más filantrópica de las familias que controlaron el sistema del Apartheid. Pareciera que derivado de una culpa perniciosa en lo mas profundo del inconsciente familiar invirtieron toda su fortuna construyendo albergues en las principales universidades del mundo y en los cuales no había ningún criterio de raza, religión, ideología para poder disfurtar de su hospitalidad.